FABRICIO A TRAVÉS DE LA COMPUTADORA

Por Guillermo Cano Moreno

Como si los hubiera invocado, de pronto Fabricio, como en el célebre cuento de Alicia a Través del Espejo, se encontró en un recinto que parecía de otra época y en otro continente. Tenía ante sí a Philidor que daba unas simultáneas a ciegas contra tres ajedrecistas. El escenario: cintilantes candiles, fuertes columnas y muchas mesas con ajedrecistas como espectadores. Tipos portando moños y trajes de etiqueta; bombines en lo alto de los percheros. Bigotes arriscados, melenas y el perfumillo de la mezcla del aroma de café con las espirales de humo de puros y tabaco. Fabricio habría ido a dar a un café. Al parecer, al café de moda en algún país del viejo continente, que bien pudiera ser Londres o París: se trataba de La Regencia, sitio preferido de políticos, intelectuales y los mejores ajedrecistas del Siglo XVIII. Un tanto sorprendido ante la escena, el muchacho medio titubeó antes de dirigirse a las mesas que más llamaban la atención: ese duelo inaudito y nuevo para esos tiempos en donde un hombre jugaba contra tres ajedrecistas a la vez sin ver el tablero, con una venda en los ojos. Apenas unos instantes hacía que Fabricio había encendido su computadora para analizar algunas partidas en el Programa Fritz Premium. Se había remontado a los albores del ajedrez teórico consultando su base de datos. Quería revivir alguna de las partidas que la literatura especializada llama de la “corriente romántica”.

La ventana de Fritz le había abierto el paso a un mundo que lo retrocedía a pasajes del ajedrez 300 años atrás ¡Qué maravilla!, se dijo interiormente. Muchos niños del mundo, y adultos también, oficiantes de este milenario juego, habrían querido ser él en esos instantes para tener el privilegio de rozarse con los genios del ajedrez de todos los tiempos. Lo cierto es que para comprobar que no soñaba, el pequeño se dio un pellizco, que le dolió bastante, pero pudo constatar que estaba ahí, en sus botines, en pleno Café de La Regencia. Fabricio, que disfrutaba de las vacaciones de Navidad, se dijo siempre para sus adentros, ¡Qué mejor regalo el de Santa! Cuando regrese al Taller de Ajedrez les voy a contar a mis amigos toda esta aventura. Con elegancia, los cuatro jugadores tomaban con suma destreza las piezas. Más bien lo hacían con estilo como lo expertos que eran. De color rojo caoba oscuro y un contrastante claro marfil, las figurillas estaban acabadas en el clásico modelo Staunton sobre un fino tablero de madera en los tradicionales colores blanco y negro. Vio como aquel ajedrecista de leyenda, creador de la obra que lo inmortalizó por su teoría de Los Peones, hacía del juego de ajedrez una virtud y un arte. Los tres contrincantes se acercaban a su final. Philidor tenía cercados los tres monarcas de los retadores. Y cuando más emocionado estaba presenciando las simultáneas con el genio André Denican Philidor, de pronto, Fabricio tuvo que regresar a su ahora y aquí porque un feroz gusano se había introducido en su computadora, y amenazaba con paralizarla y que de no volver corría el riesgo de quedarse para siempre en aquella dimensión, que aunque agradablemente impresionante, no era la suya.

MR. CHESSITRO

ME XI CO

E-mail: chessitro@hotmail.com

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